jueves, febrero 02, 2012

el arte, una práctica olvidada del sistema educativo en México

Los mexicanos comparten ideas comunes con el mundo occidental y el mundo oriental acerca de la importancia del arte. Sin embargo, en México el desarrollo artístico es considerado como un accesorio del sistema escolar, que puede ser prescindible. La verdad es que el talento mexicano es más apreciado fuera del país que dentro:

Con la convicción de que la cultura enriquece y sensibiliza al humano, la presidenta de Escenarte Internacional, Arcelia de la Peña, deploró que en México el arte es algo que se abandonó hace mucho tiempo en las escuelas.  También manifestó que la educación artística debe regresar a las aulas porque los niños y adolescentes han perdido contacto con la cultura. Soy de una generación en la cual a los estudiantes nos impartían música y otras materias que permitían un acercamiento con el arte, lo que despertaba la creatividad y la sensibilización. En su opinión el trabajo del artista nutre en muchos sentidos a la sociedad, sin embargo, en años recientes y ante la terrible situación del país, las personas se han vuelto insensibles y frías.

Existe gran aprecio por los artistas mexicanos en el planeta tierra. Por ejemplo, la danza tiene grandes artistas mexicanos:

Llevar la cultura y el arte de México a Alemania es importante porque en ese país sólo se escuchan noticias sobre los problemas, e inclusive se desconoce que existe un ballet, asegura Elisa Carrillo, primera bailarina de la Casa de la Ópera de Berlín. La gente aquí se sorprende cuando digo que soy mexicana, porque escuchan muchas noticias de mi país, pero nunca sobre su Compañía Nacional de Danza (CND). Elisa Carrillo (Texcoco, 1981) ofrecerá el próximo 20 de febrero en el Palacio de Bellas Artes una gala de danza que reunirá obras clásicas y contemporáneas, acompañada por colegas de Europa, Estados Unidos y de la CND. Elisa añade en entrevista que sus logros como primera bailarina de la Ópera de Berlín, así como ser considerada uno de los 50 personajes más relevantes de 2011 de la capital alemana, le facilitaron el reconocimiento en México. Su principal interés es que la danza llegue a todo el mundo y que los jóvenes que sueñan con ser bailarines tengan mayores posibilidades de desarrollarse profesionalmente. En México, con excepción de ciertos círculos de conocedores, poco se sabe sobre la trayectoria de Elisa Carrillo, quien fue becada a los 16 años para estudiar en la escuela del English National Ballet, en Londres.

Otro gran bailarín es Isaac Hernández:
 
Isaac Hernández comenzó sus estudios de ballet clásico en el patio de su casa cuando era un niño, con la guía de su papá, el maestro Héctor Hernández Valle. Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en México, The Rock School for Dance Education en Filadelfia y del American Ballet Theatre, en Estados Unidos. Entre sus logros destaca ser el único mexicano que al tener 12 años fue galardonado con el Premio Nacional de la Juventud y obtuvo Tres Grand Prix (premios a la excelencia): uno nacional y dos internacionales. A los 14 años fue invitado a compartir el escenario con los grandes del ballet internacional en el espectáculo “Los gigantes de la danza”, al lado de figuras como Carlos Acosta, Giuseppe Picone y Simona Noja, por mencionar algunos. A los 18 años debutó como estrella principal en la reconocida compañía San Francisco Ballet. Cuenta con un gran número de reconocimientos y presentaciones que han dejado en alto el nombre de México en muchos países.

Sin embargo, ser bailarín en México es una tarea titánica. Los que desean seguir la danza como una actividad profesional tienen que sobrevivir como puedan:

En el mundo de la danza mexicana es un lugar común señalar que los bailarines ejercen su profesión en un contexto desfavorable: reducidos apoyos, carencia de seguridad social, poca oferta de trabajo, salarios raquíticos, prácticamente nulas oportunidades para internacionalizarse y ausencia del reconocimiento de la sociedad por la que trabajan. En México, ¿quiénes le dan vida a la danza? Para algunos, los bailarines son seres heróicos, para otros, unos necios. Lo cierto es que son jóvenes que han decidido entregarle a esta disciplina algo más que su tiempo y sus cuerpos, sus vidas enteras, por una simple razón: convicción. Conseguir vivir de su profesión no es fácil para la gran mayoría de ellos. Por eso han tenido que dedicarse a ejercer otros oficios casi siempre vinculados de algún modo a la danza, como dar clases en un gimnasio o profesionalizarse en gestoría cultural. Es el caso de Bruno Ramírez, bailarín de la compañía La Cebra Danza Gay, y de Stephanie García, del grupo Sur Oeste, quienes narran sus historias sobre cómo han logrado mantenerse en esta carrera. Bruno, trabaja en gimnasios en los que imparte clase desde hace un par de años, ubicados en la delegación Cuauhtémoc, en donde también da cursos de yoga.  Bruno, de 33 años, entrena por lo menos cinco horas diarias con La Cebra; en tiempo de funciones y giras, más de 12 horas al día. “No sé si es por cuestión religiosa, pero el cuerpo ha sido menospreciado, se piensa que no tiene futuro, que dedicarse a bailar no significa tener una carrera profesional y que tu vida está acabada a los 40 años. “Soy de los bailarines afortunados, al principio mi familia me apoyó muchos económicamente, pero tuve que conseguir otros empleos, fui mesero, trabajé en antros los fines de semana, hasta que en el Ballet obtuve una beca que me permitió seguir”. Stephanie tiene 24 años de edad, cuando era adolescente, su madre -gimnasta- le comentó que la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea estaba en periodo de inscripciones. “No sabía muy bien qué iba a hacer en mi vida, mi mamá me contó de esa opción y fui; fue un poco natural para mí porque al igual que ella había estudiado gimnasia artística. Ingresé y descubrí mi vocación”, cuenta.  Stephanie forma parte del grupo de bailarines que trabajan como free lance en diversas compañías, algo que le ha traído una amplia formación, pero también un desequilibrio económico que remedia con otra carrera: la gestoría y promoción cultural. En medio de ensayos, entrenamientos y funciones, Stephanie creó con un grupo de amigos la compañía Sur Oeste, dedicada al análisis, estadística, gestión, promoción, difusión, producción, investigación y registro de proyectos culturales. “Me ayuda a mantenerme económicamente. Sur Oeste es una asociación civil que hace trabajos de asesoría; con la compañía de danza Barro Rojo hicimos una evaluación y reestructuración en el ámbito administrativo, que aunado a un apoyo de la delegación Tlalpan, le permitió ser independiente y ofrecer mejores condiciones laborales para los que ahí trabajábamos”.

El canto también cuenta con grandes talentos mexicanos:

Arturo Chacón-Cruz tiene 34 años de edad. Nació en Sonora, en una familia muy musical. Su madre le enseñó a tocar el piano y de su padre aprendió a tocar la guitarra. Desde pequeño le gustaba cantar, a los seis años ganó su primer concurso de canto, pero jamás imaginó que lo haría profesionalmente. Decidió ser ingeniero industrial y entró a la universidad. La música lo seguía llamando y se unió a un grupo de mariachis. Pero fue su madre quien le sugirió que dedicara su vida a la ópera; él no estaba seguro de hacerle caso porque poco o nada sabía del bel canto, sólo tenía como referencia algunos conciertos del tenor Plácido Domingo transmitidos por televisión. Un día fue a la clase de canto con el maestro Jesús Ríun, un cubano que impartía cátedra en la Universidad de Sonora. Se sintió emocionado, le fascinó la idea de aprender a cantar con técnica y en otros idiomas. El maestro lo convenció de dejar la carrera de ingeniería y empezó la licenciatura en canto. Este mes, Arturo se convertirá en el quinto tenor mexicano que pisará La Scala de Milán, catedral de la ópera en el mundo. Además, por primera vez en la historia del teatro italiano, dos mexicanos alternarán el protagónico: el joven sonorense y el experimentado Ramón Vargas. En 2000 fui a audicionar a Estados Unidos y conseguí mi primera oportunidad en el extranjero, fui a cantar con una compañía de Nueva York, hice como 60 conciertos durante tres meses. Me recomendaron en un instituto de ópera de la Universidad de Boston y me fui para allá”, cuenta. El concierto en el Palacio de Bellas Artes fue un parteaguas en su carrera porque comenzó como barítono y en esa ocasión Plácido Domingo se acercó a él para decirle que su voz se parecía a la suya cuando era joven e iniciaba su carrera. “Intenta ser tenor”, le dijo entonces. “Me fui a Boston con esa inquietud, tardé año y medio para la transición. No fue fácil, me daba miedo ser tenor porque los agudos son muy difíciles, la cuerda de tenor es la más complicada. Irme a Boston representó la oportunidad de hacer el cambio de una manera muy segura. Después empecé a audicionar y rápidamente tuve buenas respuestas, sobre todo de las óperas de San Francisco y de Houston. Ahí me dieron oportunidades de aprendiz, estuve de 2002 al 2005, año en que llega Operalia”, explica el cantante mexicano.

A pesar de ello, parece que el sistema escolar mexicano tiene la cualidad de borrar cualquier tipo de habilidad y talento artístico. Todo se reduce a actividades más bien comerciales, aquellas que se han inventado para fomentar el consumo. Por ejemplo, el día de la madre, del padre, de la familia, del abuelo. U otras festividades cívicas, día de la bandera, la independencia. Todas actividades acartonadas y que en realidad ofrecen pocas oportunidades reales para los estudiantes mexicanos de experimentar con la creatividad artística.



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